El recurso inagotable que tienes y puedes utilizar para escribir

A veces cuando me quedo sin ideas para describir un ambiente, una situación o un personaje, recurro a una fuente inagotable a la que no solemos dar demasiada importancia. En el vídeo de esta semana te cuento cuál es. Lo he grabado en el Parque de María Luisa en Sevilla por una razón que tiene que ver con este recurso que tenemos todos y es muy práctico a la hora de escribir.

 

Espero que te resulte útil este vídeo. Si quieres ver más trucos de escritura, te invito a suscribirte a mi canal de Youtube.

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Dentro de nada tu trabajo lo hará un robot… y lo sabes

La semana pasada presentamos en Madrid mi primera novela breve “La mujer que vendía el tiempo”. Empecé a escribirla en 2015 y en aquel entonces yo trabajaba en un banco. Sí, ahora me parece increíble… No me disgustaba lo que hacía pero odiaba la maquinaria del sistema. Me encontraba siempre fuera, todo me parecía un engranaje kafkiano y muchas veces estuve a punto de dejarlo. Pero marcharme sin un euro después de 17 años, no me parecía una buena salida… Y llegó mi rescate, que fue una bendición, en forma de ERE. Me acogí al despido, me indemnizaron, me dieron dinero por antigüedad, por la voluntariedad de acogerme al ERE y me compré mi tiempo. Me compré la posibilidad de reinventarme y de pensar en qué quería invertir esa vida tan preciosa que tenía por delante.

Y te preguntarás por qué te cuento todo esto

Cuando empecé a escribirla yo era una auténtica vendedora de tiempo. Trabajaba para el dinero de otros, en un sistema que no entendía, luchando contra los viejos paradigmas. Tenía siempre la sensación de ir contra el tiempo. Nunca tenía horas suficientes, siempre quería más para hacer más cosas, para llenar una vida profesional que no me satisfacía. Y de pronto me di cuenta de que estaba malgastando un montón de horas de mi vida en transportarme a un sitio para trabajar, que no me gustaba, para volver tardísimo a casa y repetir la secuencia todos los días con el parón del fin de semana… Me pareció que no estaba haciendo nada significativo, nada que dijera algo bueno de mi, solo nació, trabajó en un sitio que no le gustaba para ganar dinero y comprar cosas que no quería y… murió. Y era así de triste, de verdad…

Escribir la novela de “La mujer que vendía el tiempo” me permitió poner en orden mis ideas y tratar de explicarme mis obsesiones. ¿Qué es el tiempo? Durante tantos años trabajando con el concepto del dinero que es acumulable, me di cuenta que el tiempo es el único recurso, la única energía que no es almacenable ni renovable. Así me hice consciente de la necesidad de aprovechar correctamente esa energía, haciendo lo que hemos venido a hacer en este momento que nos ha sido dado, con las personas y las experiencias adecuadas.

Encuentra tu talento, no malvendas tu tiempo

Toda esta reflexión anterior, me lleva a la conclusión de que encontrar en la vida tu verdadero talento se está convirtiendo en una necesidad, dado que la tecnología está cambiando completamente el panorama profesional y el mundo empresarial. Los negocios ya no son lo que eran y las profesiones más demandadas, según el mapa de la empleabilidad en España de la Fundación Teléfonica, son las digitales: desarrolladores Java, ingenieros de Big Data, expertos en ciberseguridad…

¿Qué te encanta hacer, aquello que harías aunque no te pagaran? ¿Qué se te da bien hacer y solo tú sabes hacerlo de una determinada manera? ¿Cuál es tu pasión? ¿Tienes talento para algo en concreto? Apunta todo lo que se te ocurra, desde pequeñas cosas que creas que no tienen sentido hasta los trabajos que has tenido y en los que has disfrutado. Ahí tienes la clave…y ahora, ¿crees que habría alguien interesado en lo que tú haces genial y en cómo lo haces? ¿Crees que ayudarías a alguien con ese talento que tienes para…? Seguro que si te pones a pensarlo durante un rato con un papel y un boli, te saldrán ideas sorprendentes.

Porque si tu trabajo lo puede hacer un robot…

…dentro de nada lo hará un robot, eso seguro. Cada vez más trabajos manuales están siendo sustituidos por máquinas y en un futuro no muy lejano veremos transportes públicos sin conductor, cadenas de montaje controladas a distancia por un ordenador, máquinas limpiadoras que se mueven solas en los aeropuertos y centros comerciales, brazos mecánicos realizando operaciones a corazón abierto, robots humanoides cuidando a nuestros mayores en las residencias… Algunas de estas cosas ya son una realidad en países como Japón.

Hace falta un replantamiento y reorientación de las carreras profesionales de tal forma que tiendan más a la búsqueda del talento que cada persona puede desarrollar, que a las horas que puede venderle a una empresa. Porque los robots pueden trabajar 24/7 sin quejarse ni pedir aumento de sueldo ni horas extras. El paradigma del presentismo ha muerto (¡menos mal!) y la conciliación de la vida laboral y personal se impone en las sociedades occidentales. Los humanos tenemos entonces que aportar otro significado, otro sentido a la forma de trabajar. ¿Qué valor estás aportando tú?

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Sobre este cambio de paradigma y las oportunidades de la vida reflexiono en mi novela. Si te apetece leer “La mujer que vendía el tiempo”, puedes encontrarla en la librería Cervantes y Compañía, calle del Pez, 27 – Madrid. Es un regalo fantástico para estas Navidades que se acercan, palabrita de autora.

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¿Cómo escribí mi primera novela? Making of de “La mujer que vendía el tiempo”

Hoy vengo a hablar de mi libro porque estoy de celebración. Así de claro. Se acaba de publicar y presentar “La mujer que vendía el tiempo”, mi primera novela breve. La escribí en un mes exactamente. ¿Solo un mes?, me pregunta todo el mundo. Tiempo récord, ¿no? La verdad es que sí, pero te voy a contar el secreto de cómo lo hice para que veas que es más que posible. Aunque tienen que darse varias circunstancias en tu vida…

Antes solo había escrito relatos cortos, algunos de ellos recopilados en el libro “Nido ajeno”, publicado en 2014 en la Colección El Pez Volador. Esta novela comencé a escribirla hace algo más de tres años, a raíz del concurso que lanzó el Taller de Escritura de Clara Obligado del que soy alumna.

Todos tenemos un pasado…

Por aquel entonces de 2015, yo trabajaba en un banco. Sí, ahora me parece increíble… No me disgustaba lo que hacía pero odiaba la maquinaria del sistema. Me encontraba siempre fuera, todo me parecía un engranaje kafkiano y muchas veces estuve a punto de dejarlo. Pero marcharme sin un euro después de 17 años, no me parecía una buena salida… Y llegó mi rescate, que fue una bendición, en forma de ERE. Me acogí al despido, me indemnizaron, me dieron dinero por antigüedad, por la voluntariedad de acogerme al ERE y me compré el tiempo. Me compré la posibilidad de reinventarme y de pensar en qué quería invertir ese tiempo tan precioso que tenía por delante.

Cuando me quedé en el paro, el concurso seguía abierto y Camila Paz, la editora de “La mujer que vendía el tiempo”, me presionó. Me dijo, “ahora no tienes excusa para ponerte a escribir. Tienes un mes para enviar algo al concurso”. Solo faltó mandarme también a unos sicarios…”Ahhh, vale, un mes, me sobran dos semanas”, le dije, ¡¡glups!! Nada como escribir bajo presión…

Empieza con un fin en mente

Lo cierto es que ya tenía el primer capítulo escrito, lo había leído en clase del Taller de Escritura y había gustado el tema. El personaje de Ruth es real. Llegó a mí gracias a un artículo de una revista digital que se llama Yorokobu, de la que saco bastantes ideas para relatos y posts. La historia de Ruth me fascinó. Me apetecía que me contara más, porque una de mis obsesiones es el tiempo. Ruth Belville fue una mujer empresaria, fuerte y con coraje, que heredó el negocio que su padre había creado a mediados del siglo XIX. Consistía en un servicio de venta de la hora, mediante la sincronización de los relojes de los clientes con la estandarización horaria del Observatorio de Greenwich.

Cuidado con la documentación que mata la narración

La novela sucede en Londres en 1940, en plena Blitz o guerra relámpago de los alemanes contra los ingleses en la II Guerra Mundial. No es una novela histórica, sino inspirada en hechos reales, pero lo cierto es que la documentación es importante, sobre todo para no meter la pata. ¿Había bolígrafos en 1940? ¿Qué tipo de faldas llevaban las mujeres mayores? ¿Y las jóvenes? ¿Cómo eran los túneles del metro de Londres? La documentación ya la tenía preparada antes de ponerme a escribir porque me encanta ese periodo histórico, no tanto desde el punto de vista bélico, o sea, macro, sino desde el micro, desde la mirada en detalle de la vida cotidiana. Me pierde la documentación, pasé bastante tiempo buscando cómo eran los aviones, las bombas, los globos antiaéreos, dónde se produjeron los bombardeos, qué pasaba en el paso de Calais,… En fin, me podría pasar la vida documentándome. Durante la construcción de la novela, escuchaba en bucle, en una lista de Spotify, la canción que canta Erika, uno de los personajes principales. Se titula “We will meet again” de Vera Lynn. Es una canción que cantaban los soldados en el frente y es tan bella como escalofriante si recapacitas en la letra y el contexto.

Pero la realidad es que la documentación se come la narración. Es mejor no ir tanto al detalle (a no ser que sea una novela muy fiel a la historia) porque al final acabas metiendo la pata. Hay que utilizar la información más básica e integrarla como si fuera parte de la narración. De hecho, en la novela solo hay una anécdota real de la vida de Ruth, de las pocas que han trascendido de su vida, una noticia que salió en The Times… El resto es ficción, solo he rellenado los huecos de lo que podría haber sido la vida de esta mujer. O no.

Lo siento, no hay un secreto, es solo trabajo y trabajo…

De todo lo demás que sucedía en la novela, no tenía ni idea.  Me levantaba, me sentaba delante del ordenador y Ruth me iba contando la historia. Lo que hice sistemáticamente durante ese mes fue trabajar durante 8 horas, como si me pagaran por ello. Solo paraba a mediodía para ir al gimnasio, comer y luego seguir escribiendo. Fue extrañísimo porque yo no tenía ni idea de lo que iba a pasar, os lo juro, me sentaba y me llegaba la voz. Eso es algo que tuve desde el principio, una voz que me hablaba. Quizá estoy un poco loca… Elegí una tercera persona porque era la más fácil para contar en tan poco tiempo. Esa voz se va pegando a los personajes y va poniendo el foco sobre todo en Ruth y en Erika. Yo lo único que hice fue transcribir lo que me iban contando. En serio, es un momento mágico que espero recuperar. Lo más difícil fue darle tensión, esconder datos, dosificar la información y encontrar una pieza que faltaba, una escena que es crucial en el pasado de Ruth y que explica muchas cosas de su presente. El resto del proceso fue muy placentero. Es una novela que me divirtió mucho escribir. Me hubiera gustado que fuera más larga porque el final, muy muy abierto, sucede fuera de la novela, en la cabeza del lector.

Si te obsesiona un tema, lo mejor para quitárselo de encima es escribirlo

Cuando empecé a escribirla yo era una auténtica vendedora de tiempo. Trabajaba para el dinero de otros, en un sistema que no entendía, luchando contra los viejos paradigmas, y tenía siempre la sensación de ir contra el tiempo. Nunca tenía tiempo de nada, siempre quería más para hacer más cosas, para llenar una vida profesional que no me satisfacía. Y de pronto me di cuenta de que estaba malgastando un montón de horas de mi vida en transportarme a un sitio para trabajar, que no me gustaba, para volver tardísimo a casa y repetir la secuencia todos los días con el parón del fin de semana… Me pareció que no estaba haciendo nada significativo, nada que dijera algo bueno de mi, solo nació, trabajó en un sitio que no le gustaba para ganar dinero y comprar cosas que no quería y… murió. Y era así de triste, de verdad…

Escribir esta novela me permitió poner en orden mis ideas y tratar de explicarme mis obsesiones. ¿Qué es el tiempo? Durante tantos años trabajando con el concepto del dinero que es acumulable, me di cuenta que el tiempo es el único recurso, la única energía que no es almacenable ni renovable. Gracias a la historia de Ruth, fui consciente de la necesidad de aprovechar correctamente esa energía, haciendo lo que hemos venido a hacer en este momento que nos ha sido dado, con las personas y las experiencias adecuadas.

Puedes encontrar “La mujer que vendía el tiempo” en la librería Cervantes y Compañía, calle del Pez, 27, Madrid. Y es un regalo perfecto para estas Navidades que se acercan, palabrita de autora.

Si te ha gustado, me harás muy feliz si me dejas un comentario y más si lo compartes.